Entré al seminario a los 15 años recién cumplidos, un 6 de agosto de 2005. Desde muy pequeño fui cercano a la Iglesia, mi mamá me acercó a Dios y gracias a los valores que me inculcó, siempre participé en grupos parroquiales.
Durante mi infancia y adolescencia me sentía muy bien en la iglesia, en ese ambiente de parroquia, de apostolado, siendo monaguillo, en los grupos de jóvenes y formando parte de la Adoración Nocturna Mexicana. Yo me sentía como en mi casa, la iglesia era el lugar dónde más tiempo pasaba.
Fue un amigo de la familia que era seminarista quien me invitó a vivir el proceso vocacional. Él siempre bromeaba conmigo diciéndome que yo debía ser “padrecito”, cuando lo escuchaba yo no me lo creía, me sentía indigno, lo sentía muy lejano, yo pensaba ¿cómo va a ser posible? porque yo era muy inquieto, muy alegre. Un día lo acompañé a un retiro en Aguascalientes y descubro que los seminaristas con personas normales, bromean, ríen, lloran, juegan, son como todos, con la diferencia que quieren consagrar su vida a Dios, y me identifiqué con ellos.
Cuando decido entrar al seminario, mi mamá me contó, que al momento de mi nacimiento casi da luz en el taxi en el que iba al hospital. Gracias a Dios llegamos, pero las cosas se complicaron un poco, y como buena madre cristiana me consagró al Señor. Para mí, ésta anécdota fue un reafirmar éste llamado que sentía y que Dios me estaba haciendo a consagrar mi vida al sacerdocio.
Llegar a ser sacerdote para mí significa que Dios me ha mirado con misericordia y que voy a experimentar algo que no puedo entender, no puedo describir, que no soy digno, pero que acepto con agrado, consciente de la gran responsabilidad que eso significa.
Padre Edgar Eduardo Alvarado González